Hoy una petición de oración cae en la bandeja personal de un pastor, entre dos facturas. Nadie más la ve, y nadie sabe si alguien respondió.
Cuando lo que escriben a la asamblea llega a una sola persona, todo depende de ella: de su tiempo, de sus vacaciones, de su memoria. Y el día en que cede el puesto, el historial se va con ella.
En una bandeja corriente todo se parece: hay que abrirlo todo para encontrar lo que urge. Aquí cada mensaje lleva su tipo desde que llega.
Un grupo acaba conteniendo a gente que se fue, dejando fuera a gente que llegó, y ya nadie sabe quién recibe qué. Un comunicado sale a una lista que la iglesia ya mantiene.
Una lista corta vale más que una promesa amplia. Aquí están las dos, sin redondear.
Abra una cuenta, y lo que escriban a su asamblea llegará a un sitio que todo el equipo puede ver.