Un horario muestra quién está. Nunca muestra quién ya no está — ni quién carga el doble de lo debido.

Ese gesto nadie lo cuenta. Y sin embargo es el que se agota.
La pregunta parece abstracta hasta el día en que la respuesta es cinco, y una de las cinco se va a vivir a otro sitio. La cifra existe y se calcula sola.
Alguien que servía cada mes desaparece de la lista, y no se dispara nada. Seis semanas después piensa que ya no hacía falta.
Todas las hojas de cálculo de voluntarios acaban abandonadas, por la misma razón: hay que mantenerlas. Esta se llena sola — y ahí se detiene.
Una lista corta vale más que una promesa amplia. Aquí están las dos, sin redondear.
Abra una cuenta, deje correr el horario dos meses, y la pantalla le dirá lo que nadie había notado.